viernes, 19 de febrero de 2010

CONVERSACIÓN CON JON LEE ANDERSON, EL GRAN CRONISTA NORTEAMERICANO


Jon Lee Anderson se inició en el periodismo nada menos que en el Perú, en la década del ochenta, como reportero y articulista del recordado semanario en inglés THE LIMA TIMES y como corresponsal acreditado de algunos medios extranjeros. Siendo Jon Lee un personaje querido por muchos periodistas peruanos de aquel tiempo, que tuvieron la ocasión de alternar con él, y por inumerables lectores que aprecian sus libros (nos contamos entre ellos) consignamos esta etrevista publicada en el Suplemento BABELIA del Diario EL PAÍS de España, hoy sábado 20 de febrero de 2010.
Anderson debe ser, en este momento, el más importante cronista político del mundo. Sus perfiles sobre Fidel Castro, Augusto Pinochet, Saddam Hussein, Hugo Chávez, Gabriel García Márquez, Charles Taylor, Yyad Allawi, el rey de España Juan Carlos I entre otros están escritos espléndidamente, con uso imaginativo de las metáforas y con constantes asociaciones al mundo pasado y presente, pintando y narrando la realidad en primera persona, para que el lector disponga de un testimonio fidedigno, cercano, escrutado y procesado en la cocina ética y moral de quien los escribe.
Recomendamos vivamente la lectura de sus libros Che Guevara: Una Vida Revolucionaria (1997) y La caída de Bagdad (2004) sobre el sitio a la capital de Irak.
Jon Lee Anderson pertenece al staff de periodistas de New Yorker y escribe frecuentemente colaboraciones para Financial Times, The Guardian, El País, Harper´s, Time, The Nation, Life, Le Monde, El Clarín, El Espectador, etc.



http://www.elpais.com/articulo/portada/reportero/tiene/ser/inseguro/elpepuculbab/20100220elpbabpor_4/Tes

Además de ser uno de los mejores reporteros que recorren los azarosos caminos del mundo, como demuestra la recopilación de textos que publica Anagrama, El dictador, los demonios y otras crónicas, Jon Lee Anderson (California, 1957) tiene una profunda vocación de maestro. No sólo por su relación con la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en la que da muchos talleres, sino por su voluntad de transmitir su oficio. Este encuentro tuvo lugar en Cartagena de Indias, recién llegado de Haití, durante el Hay Festival, al que acudió para hablar de América Latina, un continente que ha recorrido una y otra vez. Su español, colorista y divertido, es una mezcla de acentos, palabras y expresiones de los 20 países de habla hispana, desde Cuba a España, que demuestra un conocimiento profundo del terreno.

Pregunta. ¿Se siente un dinosaurio, el último de una estirpe de reporteros que lo mismo cubren un terremoto en Haití que hacen un perfil del Rey de España?
Respuesta. Espero no sentirme un dinosaurio, no me defino. Hago lo que hago y trato de seguir los instintos de lo que me apetece y me parece importante. Estoy al tanto de todas las conversaciones en voz alta sobre el porvenir y el destino del periodismo, si somos una especie en vías de extinción. Me doy cuenta de que soy uno de los reporteros que ha tenido una carrera en primera persona, no virtual, sino primaria. Aunque deje de ser periodista, seguiré llevando esa vida. No quiero otra forma de ver el mundo. Y no es un juicio de valor. Los jóvenes de hoy tienen algunas ventajas, algunos bagajes que nosotros no tuvimos. Su mayor reto va a ser superar el flujo de la información para adquirir contacto directo con la realidad, un contacto que yo necesité para aprender. Quería definirme a través de la experiencia propia. Tampoco se ha planteado el destino de los dinosaurios, los que se van a convertir en fósiles o los que se van a transformar en pájaros o cocodrilos para sobrevivir. Pueden ser brillantes y tener carreras pero enteramente virtuales, sin una experiencia primaria.
P. Siempre ha gozado para investigar y escribir reportajes es tiempo, porque es la materia de la que está hecho el periodismo. Tener tiempo para localizar y llegar al rey de las favelas, para seguir a García Márquez. ¿No cree que se está convirtiendo en un bien peligrosamente escaso?
R. El hecho de que vivamos en un mundo informativo de 24 horas comenzó con la televisión, pero Internet ha marcado un cálculo de tiempo nuevo a los demás géneros. Las revistas informativas están empezando a perder su identidad. Llegué a Santo Domingo y vi televisión por primera vez en dos semanas. Fue interesante ver cómo todo el mundo estaba hablando de Haití, un país olvidado dos siglos. Ojalá vaya más allá de la inmediatez, del horror y del sentimentalismo fácil que busca siempre la televisión. Yo tengo la suerte de trabajar para The New Yorker, que sigue apostando por el reportaje de largo aliento. Internet va hacia las agencias de noticias, no nos suplanta a nosotros los cronistas, es un télex virtual.
P. ¿Cree que podemos ir hacia una nueva edad de oro de la crónica, que paradójicamente ese periodismo lento del pasado sea también el del futuro?
R. Las transiciones siempre son difíciles, pero creo que de esto podría salir un nuevo gusto hacia la crónica. Casi cada país de América Latina tiene nuevas revistas y una gran hambruna de jóvenes creadores que quieren comunicarse a través de la prosa, de la creación, pero siempre dentro de la no ficción.
P. Muchos medios tradicionales han hecho coberturas increíbles del terremoto en Haití porque han mezclado todos los géneros. Ha dado la sensación de que es un periodismo que se inventa sobre la marcha. ¿No cree que estos cambios representan también una oportunidad para el futuro de este oficio?
R. En Haití hice dos blogs y entrevistas para la web. No sé si llegué a adquirir el gusto, pero no conseguí quitarme la impresión de que me estaba serruchando el suelo de la narrativa. Pero lo que sí he visto que me ofrece Internet es volver a visitar y comentar historias de hace años o meses, que me interesan. Desde luego es un perfeccionamiento del periodismo informativo, pero seguimos definiendo un poco el viento.
P. No deja de ser curioso comprobar cómo la crónica, un género inmediato, muchas veces condenado a ser arrastrado por el viento de la actualidad, acaba muchas veces por permanecer.
R. Claro que permanece. Es historia, los primeros periodistas eran frailesque acompañaban a las expediciones, son las crónicas, los diarios. ¿Qué sabemos de la conquista de las Américas? Nos fascinan por su instantaneidad, nos llevan a un momento que ya no existe, como las cartas de Roger Casement desde el Congo.
P. En su perfil del premio Nobel Gabriel García Márquez recogido en
El dictador, los demonios y otras crónicas, pasa por un barrio enorme de chabolas en Colombia y su conductor le dice: "El problema está ahí, toda la violencia está ahí". Y vuelve a ese mismo tema en Brasil y ahora en Haití. ¿Toda la violencia viene de la pobreza?
R. La mayoría. Viene de la riqueza también, de la arrogancia del rico que desdeña al pobre y no quiere compartir. América Latina está construida por grandes zonas, con grandes muros, muy bonitas, pero fuera hay chabolas y basura. En América Latina hay una estética de la injusticia que tiene que ver con los muros y con lo que tú ves. ¿Por qué hay secuestros en América Latina y no en Suiza o Suecia? Las sociedades injustas son las que padecen de violencia. En los sesenta, los que eran insurgentes antifascistas se han convertido en violencia criminal endémica y eso se va tragando a América Latina, desde Ciudad Juárez para abajo.
P. ¿Cree que a todos los periodistas nos fascina el poder?
R. El poder es el motor de la historia. El poder es fascinante. El poder es como la alquimia máxima, no existe pero existe, y cambia el mundo y lo mueve.
P. Manu Leguineche, maestro de muchos reporteros españoles, siempre dice que "vales lo que vale tu último reportaje". ¿Está de acuerdo?
R. En cierto punto sí. Yo creo que un reportero tiene que ser siempre inseguro, no convertirse en alguien que sigue una pauta, porque eso es el comienzo de la decadencia, deja de perseguir el mundo con ojos frescos, cree que lo sabe todo. Es un síndrome bastante común y humano. -

El dictador, los demonios y otras crónicas. Jon Lee Anderson. Traducción de Antonio-Prometeo Moya. Anagrama. Barcelona, 2010. 384 páginas. 21,50 euros. www.newyorker.com/magazine/ bios/jon_lee_anderson/

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