viernes, 2 de abril de 2010

VICTIMAS DEL DESAMOR


sábado 20 de marzo de 2010

El amor no mata

Escribe César Hildebrandt.-

Dice la tele que el suicidio de un niño de doce años, ocurrido ayer en Chosica, se ha debido al amor.

La reportera de la tele precisa: “un amor platónico hacia una joven de 23 años motivó el suicidio de un niño de 12 años, que se ahorcó con una correa para pasear perros en la casa de Giselle Noras, de quien habría estado enamorado...”

A este niño irremediable no puede haberlo matado el amor. Es más: el amor no mata; lo que mata es el desamor.

En la última línea de la parrafada televisiva puede estar el dato clave: el cadáver de A.E.P.H. –esas eran sus iniciales- fue levantado sin la presencia de ninguno de sus padres. La mamá no se había enterado porque estaba lejos trabajando; el padre siempre fue un fantasma desertor.

El amor no puede matar, aunque Ortega y Gasset lo llame “imbecilidad transitoria” y “angina psíquica”. Ni aunque Lope lo describa como “creer que un cielo en un infierno cabe”. Ni aunque Heine nos recuerde que decir “locura de amor” es una redundancia porque el amor ya es una locura.

Lo que sí mata, pero no con mano propia sino con la sádica lentitud de los años, es la sobreestimación del amor. Eso de creer, por ejemplo, que el amor hace milagros, salva, redime, desencarcela.

El amor que nos impuso el romanticismo occidental sí puede ser, aparte de cursi a lo Bécquer, espectacularmente desdichado.

Nada más peligroso que el extremismo sentimental. Detrás de su apego tembloroso hay una adicción.

Para que el amor funcione es imperativo cantar a dúo. Pero la mayoría dúa el silencio y a veces, con un poco de suerte musical, los ruidos de la apnea.

Sin embargo, es bueno aclarar que el romanticismo se contrae, se adquiere, es opcional. No existe en la naturaleza. Algún día desaparecerá.

Lo que primero inventó la civilización fue el respeto. Y esa es la base del amor veraz. No sólo del amor interpersonal sino del amor al mundo, a la vida, a la mayor cantidad de otros que uno pueda imaginar.

El romanticismo ligó para siempre el amor y el sufrimiento, alianza que es una de las lepras culturales más espantosas que hayamos podido difundir.

En el “Don Carlos” de Schiller se escucha esta frase: “Sólo conoce al amor quien ama sin esperanza”.

Pero quien ama sin esperanza no está tocado por el amor sino por la devastación y la idiotez. Es preferible mil veces entregarse al ascetismo zen, al autismo hinduista, a las mortificaciones de San Ignacio que esperar la lluvia en el Sahara o el sí de un corazón ajado.

Con los años he descubierto que detrás de ese fatalismo romántico se venden, como en pack, otras resignaciones: la del trabajo indeseable, la del patrono canalla, la del sistema que condena a millones a mirar la tele para ver como vive la gente “decente”. Como si te dijeran: “Sufrirás hasta en los ruedos del amor”.

O sea, el cuento ese del cielo prometido.

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