domingo, 30 de mayo de 2010

BICENTENARIOS Y CULTURA (Por Rocío Silva Santisteban, Diario La Republica)



La semana que acaba de pasar fueron celebrados los 200 años de la Independencia en Argentina y el acto central del cierre de toda esta fiesta, que incluyó varios desfiles en las calles, fue la inauguración del recientemente remodelado Teatro Colón. Los mandatarios de diversas naciones, la presidenta Cristina Kirchner y el público en general, que siguió el ballet desde las calles donde se instaló una pantalla gigante, opinaron que la restauración del emblemático teatro porteño constituyó un merecido agasajo al pueblo bonaerense. “Yo no sé nada de teatro, pero restaurar el Colón ha sido un acto de justicia y su resultado es maravilloso” decía un hombre de a pie a las cámaras de CNN. Los porteños sienten que el Colón es parte de su historia y de su identidad. Por eso, no se escatimaron los gastos de millones de dólares para restaurar artesanalmente los palcos de madera, para traerla desde el mismo lugar de las tablas originales y así mantener la misma densidad, que permita que el Colón sea el monstruo de acústica que es. Una decisión política fue lo único necesario para poder dar esta alegría real incluso a aquellos que no podrán entrar al teatro sino solo como visitantes ocasionales (salvo que los Kichner y el director del mismo también aprueben tarifas reducidas para jubilados y desempleados).

Este año también se cumplieron los emblemáticos 200 años de la Independencia de Venezuela. Hubo muchas actividades y desfiles, pero una de las alegóricas fue la que el Ministerio del Poder Popular para la Cultura continuó organizando. Me refiero al Festival Mundial de Poesía, adonde he tenido la suerte de ser invitada, para compartir lo que hago y a su vez poder escuchar en directo al poeta Premio Nobel Dereck Wallcott y a otros poetas antillanos, de Granada, Barbados, Jaimaica o Haití, que han leído sus poemas en inglés o francés, mostrándonos que las Américas son mucho más que el castellano, y enseñándonos una poesía muy intensa o suave, afroamericana, de garra y a su vez, sensible.

Uno de los poetas que más me ha impresionado ha sido el anciano de Barbados Austin Clark, que con sus dreads hechos con mechones de su pelo encanecido, leyó desde el auditorio del magnífico Centro Rómulo Gallegos, un poema muy crítico hacia el gobierno cubano desde su propio descontento como socialista. A su vez, la poeta Merle Collins, de Granada, leyó primero en inglés un largo poema titulado “La lección”, basado en la historia de su abuela, y sobre las lecciones de historia que daba a sus nietos enseñando como suya la historia oficial de Holanda, olvidando a los líderes indígenas locales, incluso al propio y legendario Mackandal, esclavo negro que se reveló en Haití contra el gobierno colonial. Merle posteriormente, en un castellano casi sin acento, tradujo el texto, demostrando que la poesía también puede atravesar los lenguajes con igual intensidad. A su vez también se presentaron poetas muy conocidos de América Latina como la chilena Malú Urriola o el boliviano Eduardo Campero.

Todos me preguntan sobre las actividades que el Perú está preparando para el bicentenario. Les hago recordar a mis colegas y anfitriones que fuimos, como Virreinato y centro del poder colonial, uno de los últimos países en declarar su independencia. Pero no es excusa para pensar, desde adentro, en que el 2021, al margen de las políticas culturales o de nuestra orfandad de Ministerio de Cultura –y no tiene relación con las políticas socialistas de Ecuador, Bolivia o Venezuela, pues Colombia bajo el régimen de Álvaro Uribe ha mantenido muy activo a su propio Ministerio de Cultura– debe ser celebrado por todo lo alto también desde una perspectiva cultural. Ya sea desde lo que nosotros los estudioculturalosos llamamos la “alta cultura” (el ballet del Teatro Colón, por ejemplo) o la cultura popular (danzantes de tijeras) o la cultura de masas (Dina Páucar), es imprescindible que se tomen las medidas concretas para fortalecer el vergonzosamente alicaído tema de la cultura en el Perú. ¿Qué somos sino encuentro de multiplicidades que nos provocan fuertes desgarramientos y altos momentos creativos al mismo tiempo? Vallejo es nuestro paradigma, pero nunca más debemos abandonar, como país, a un hombre que quiso regresar al Perú a morir pero no tenía dinero para el pasaje de vuelta.

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