domingo, 15 de agosto de 2010

BALANCE DEL FESTIVAL DE LIMA, por Enrique Silva (Diario CORREO)


Concluyó el Festival de Lima: XIV Encuentro Latinoamericano de Cine. Este año las ficciones han estado atractivas, siendo fundamental destacar la presencia peruana. Octubre, de los hermanos Diego y Daniel Vega; Contracorriente, de Javier Fuentes; y Paraíso, de Héctor Gálvez; son una buena muestra del avance narrativo del cine nacional, con sus distintas opciones de puesta en escena. Además, todas han obtenido distinciones en el extranjero. Paraíso fue muy mal lanzada al ruedo comercial local. Esperemos que no ocurra lo mismo con las otras dos.

Siguiendo con las ficciones extranjeras, nos gustaron dos de manera preferencial. La argentina Carancho, de Pablo Trapero; cuya combinación de relato criminal y melodrama sobre dos perdedores que se enamoran -un abogado sin licencia y una médica drogadicta- posee una elaborada y a ratos sorprendente planificación, incluye varios inspiradísimos planos-secuencia. Con memorables actuaciones de Ricardo Darín y Martina Gusman.

La colombiana Rabia, del ecuatoriano Sebastián Cordero, coproducida con España y México, aborda melodrama y horror con singular eficacia a pesar de ciertos altibajos. Los protagonistas son dos inmigrantes sudamericanos en España. Él, obrero de construcción, comete un crimen y se refugia sin decir nada a nadie en la antigua casona donde ella, empleada doméstica, trabaja. Lo que sigue es un apasionante relato que muestra el lado bestial del hombre sin llegar a deshumanizarlo del todo, como ocurre, por ejemplo, con el fantasma de la ópera o el hombre lobo, míticos personajes del género fantástico que la película cita con claridad.

Igualmente, resultaron interesantes las argentinas Rompecabezas, ópera prima de Natalia Smirnoff, y Los labios, de Santiago Loza e Iván Fund. Se suman a éstas dos filmes de mexicanos debutantes: Alamar, de Pedro González-Rubio; y Norteado, de Rigoberto Pérezcano. Y, desde luego, la cinta chilena Navidad, de Sebastián Lelio. Por último, en esta sección hubo una pequeña sorpresa, desigual pero curiosa. El relato de terror uruguayo La casa muda, de Gustavo Hernández, que cuenta una historia sin mayores pretensiones en un único plano-secuencia y apelando a típicas convenciones del género con habilidad y fluidez.

La selección oficial de documentales ofreció -como es costumbre- algunas novedades. Alcanzamos a ver el experimental brasileño Moscú, de Eduardo Coutinho; el salvadoreño-colombiano Uno: La historia de un gol, de Gerardo Muyshondt y Carlos Moreno; y el mexicano Presunto culpable, de Roberto Hernández y Geoffrey Smith. El Perú participó con Chungui, horror sin lágrimas, de Felipe Degregori, convincente acercamiento a la figura del retablista y antropólogo ayacuchano Edilberto Jiménez, quien recoge en su obra los terribles testimonios de sobrevivientes del terrorismo y la represión militar durante los años de la subversión en el olvidado distrito de Chungui, en Ayacucho. Fuera de concurso nos interesó el estadounidense La caleta (The cove), de Louis Psihoyos, de contundente mensaje ecológico.

En cuanto a las muestras paralelas, hay que resaltar la memorable retrospectiva dedicada al cineasta francés Jacques Tati (1907-1982) con todos sus largometrajes, entre los que destacan Las vacaciones del Sr. Hulot, Mi tío y Play time. Asimismo, la muestra de la realizadora mexicana María Novaro y el ciclo digital de cine africano. Finalmente, el preestreno de dos películas imprescindibles que pronto llegarán a la cartelera local: El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella; y El escritor fantasma, de Roman Polanski.

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