martes, 19 de octubre de 2010

EL CONFORMISTA de BERNARDO BERTOLUCCI (Escribe Gustavo J. Castagna, para EL AMANTE, Argentina)


Compartimos con ustedes este buen artículo de Gustavo J. Castagna, crítico de cine de la revista argentina EL AMANTE y docente universitario; jurado por la crítica internacional en el Festival de Cine de Lima de 2007; e hincha del Racing Club de Avellaneda, por si fuera poco.
El Conformista de Bernardo Bertolucci es una de los grandes filmes de la década del setenta.
Oscar Contreras Morales.- 

Il conformista

Italia/Francia, 1970, 111’, dirigida por Bernardo Bertolucci, con Jean-Louis Trintignant, Stefania Sandrelli, Dominique Sanda, Gastone Moschin, Enzo Tarascio. (Renacimiento)

Podría decirse que El conformista, basada en la novela de Alberto Moravia, es una de las mejores películas de Bertolucci, y que además constituye un corte dentro de la filmografía del director, un antes y un después en el que de a poco queda atrás la experimentación y el ensayo (Partner, Prima della rivoluzione) para salir a la búsqueda de un espectador mayoritario. Qué gran año 1970 para Bertolucci: el traidor y el héroe de Borges metaforizado en La estrategia de la araña y el texto de Moravia que bucea en los pensamientos y la ideología (y también en sus miedos y traumas de la infancia) de un fascista que debe asesinar a quien fuera su profesor marxista.
Hoy Bertolucci es un anacronismo como cineasta luego de que sus últimas películas (Cautivos del amor, Refugio para el amor, Stealing Beauty, Los soñadores) fueran, de manera injusta, reprobadas por una buena parte de la crítica y el público. A nadie le interesa el Bertolucci de los ochenta hasta hoy, aun con sus desniveles y sus tardíos escándalos, y sí aquellos años en que El conformista junto a las películas de Pasolini, Fellini, Bellocchio, los Taviani conformarían un corpus irrepetible para la historia del cine. En efecto, Bertolucci fue uno de los tantos cineastas que se dio cuenta de la crisis ideológica de los sesenta y uno de los primeros que abrió las puertas de un cine internacional, provocador y talentoso, desmesurado y ciclotímico, destinado a la revisión de medio siglo de Italia (Novecento), al ajuste de cuentas con su compromiso político anterior (Último tango en París) y a desentrañar el tema del Edipo en clave operística (La luna). Justamente, esa gran década del director se abría con El conformista y se cerraría con La luna, en medio de escándalos, prohibiciones y cortes de la censura. Se recuerda que en Argentina, durante la dictadura, La luna se estrenó con 25 minutos menos…
Por ese motivo, tal vez sus películas posteriores (incluyendo al academicismo oscarizado de El último emperador) resulten menos interesantes que esos diez años en los que Bertolucci logró conjugar su puesta en escena operística con los temas que más lo preocupaban: el sexo, la política, el psicoanálisis.
Bajo estos códigos de identificación, El conformista es una película de contrastes: la Italia fascista y el marxismo francés, la sexualidad castrada y el sexo liberal, el psicoanálisis como recuerdo del pasado y el psicoanálisis dialéctico, el nuevo mundo que intenta sostenerse a través del asesinato y la delación y otro mundo diferente que se aferra a las ideas en lugar de a la violencia y el crimen. Y allí está Marcello Clerici (Jean-Louis Trintignant) dispuesto o no a cumplir la misión de matar a su profesor marxista para eliminar todo rastro de un pasado que lo llevó a sumergirse en dudas e incertidumbres (ideológicas, afectivas, morales). Clerici es un fascista convencido de su rechazo a un mundo que empieza a descubrir cuando viaja para cumplir el mandato fascista. No es un personaje convencido por una actitud reflexiva sino por aquello que lo rodea: un mundo feliz, sin ataduras sexuales, que baila festivo y vital a su alrededor mientras no comprende de qué se trata semejante alegría. En ese sentido, la gran escena que transcurre en el restaurante, donde cara a cara bailan las dos mujeres opuestas y complementarias (la ingenua novia del protagonista y la desinhibida pareja del profesor), acaso sintetice el ideal femenino de Clerici. Este extraordinario momento de El conformista, en el que confluyen los personajes principales y secundarios de la película, también resume las virtudes de puesta en escena del director, sus obsesiones temáticas y su pasión por el cine norteamericano clásico: hasta puede verse una foto de Stan Laurel y Oliver Hardy sin que se expliquen los motivos.
Sin embargo, sería una pena que esta escena sólo sea recordada por el baile entre Dominique Sanda y Stefania Sandrelli, pleno de erotismo voyeurista (Clerici mira sin entender, claro). Es en este punto donde el cine de Bertolucci se transformaría en una pieza de museo cuyos responsables son el mismo director y un público que sólo extraña sus películas por esas escenas provocadoras. Es verdad: los años 70 en Italia, ya lejos de La dolce vita de Fellini y más cerca de la fragmentación ideológica del PCI y de la aparición oficial de Las Brigadas Rojas, necesitaban un cine que hiciera temblar la cúpula del Vaticano. Por eso, mientras Pasolini estrenaba Saló o los 120 días de Sodoma para ser asesinado, poco más tarde, por un amante ocasional (para la historia oficial), Bertolucci concebiría sus mejores películas. Pero el tiempo también le hizo daño a su obra setentista: cuando se habla de esos films, se recuerda ese baile de las dos mujeres en El conformista, la maratón sexual de Brando y María Schneider en Último tango…, la masturbación simultánea de la prostituta a los amigos (Depardieu y De Niro) en Novecento y los encuentros íntimos entre madre e hijo en La luna. Lamentablemente es así y no debería serlo: estas películas de Bertolucci siguen estando por encima de esas escenas que provocaron escándalo.
Pero hay otra escena en El conformista que también sirve como recuerdo de aquel cine que empezaba a ser popular, y que tiene relación con la forma en que el director presentaba su pensamiento político. Antes de cumplir la misión y paseando con su objeto de deseo incomprensible (la novia de su profesor), Clerici es cercado por una mujer y sus dos chicos que venden flores. La mirada de Clerici es imperturbable frente a semejante hecho mientras continúa su paso por la calle. La mujer se da cuenta de quién es y qué representa como ícono de una ideología, razón por la cual comienza a entonar “La Internacional” a pocos metros del protagonista. ¿Qué ocurre hoy con esta escena, en su momento potente y esclarecedora? ¿Es que el cine de Bertolucci, incluyendo la gran película que sigue siendo El conformista, se ha transformado en algo solamente didáctico e ingenuo? El año que viene Bertolucci cumple 70 años y estrenó El conformista cuando tenía 30. No tengo otra respuesta. Gustavo J. Castagna

(Publicado en el número 208)

1 comentario: