domingo, 24 de octubre de 2010

EL NUEVO CONSENSO DE PEKÍN (Escribe Alfredo Barnechea, Diario CORREO)


Como todos los años a principios de setiembre, se realizó en Washington la Conferencia sobre las Américas que organiza la CAF, en colaboración con el Diálogo Interamericano.

Los participantes, entre los que se encontraban por el lado norteamericano el gobernador Bill Richardson y el subsecretario de Estado Arturo Valenzuela, y por el latinoamericano varios ex presidentes, estábamos discutiendo los temas de siempre en las relaciones hemisféricas, hasta que mi amigo Moisés Naím interrumpió los lugares comunes para decir: oigan, esto no le interesa ya a nadie.
La atención de Washington no está orientada a América Latina, y Washington ha perdido relevancia para América Latina.
Lo que me sirvió para recordar que, electo Presidente de Colombia, un país que es el tercer receptor de ayuda norteamericana en el mundo desde el Plan Colombia, Juan Manuel Santos viajó a México, Brasil, Argentina, a los países centroamericanos y a los andinos, y a Europa. No fue a Washington.
A fines de 1989 surgió el Consenso de Washington, el paquete de reformas que Washington, y los organismos multilaterales basados allí, proponían como receta universal. Después del colapso del comunismo, parecía que la competencia de sistemas ideológicos había cesado en el mundo, con la victoria de la economía liberal. Era, dijo famosamente Francis Fukuyama, "el fin de la historia".
Veinte años después, el panorama es mucho menos simple. El 2008, el Financial Times constató que el capitalismo de Estado crecía en el mundo. Los "fondos soberanos" dominan hoy las bolsas del mundo. Esta semana, por ejemplo, el noruego superó el medio trillón de dólares, y controla más del uno por ciento de todas las acciones de las bolsas del mundo. Asimismo, las trece compañías petroleras más grandes del mundo son estatales, como Petrobras de Brasil, Aramco de Arabia Saudita, Gazprom y Rosneft de Rusia, o las corporaciones estatales china e iraní.
Para esta nueva topografía ha sido crucial la reemergencia económica de China, que retorna al lugar primogénito que tenía, por su tamaño y población, antes de la Revolución Industrial. Goldman Sachs ha estimado que China superará a Estados Unidos como la primera potencia económica del mundo el 2027, así como que los BRICs (Brasil, Rusia, India y China) superarán al G-7 el 2032.
Esa reemergencia produce su voraz apetito por materias primas, lo que ha cambiado los "términos de intercambio" a favor de los países productores de las mismas.
Veinticinco por ciento de sus importaciones de minerales viene de África, no importándole qué régimen político gobierne el continente negro. América Latina es otro espacio de su expansión: ofertas de 12 mil millones de dólares a Venezuela, de 10 mil a Brasil, otros 10 mil a Argentina, e incluso 2 mil para Codelco en Chile.
Pero China avanza no sólo en materias primas. En la primera mitad de la década que termina, el gasto en R y D fue entre 1 y 2 por ciento en Estados Unidos y Europa, pero fue 26 en China. El miércoles 20, en su columna del Financial Times, John Gapper ha agregado esta cifra extraordinaria: el 2015, China tendrá 200 millones de graduados universitarios. Ya el iPhone que muchos usamos es norteamericano sólo en el nombre y el diseño: la pantalla está hecha en Japón, la memoria en Corea del Sur y se ensambla en China.
Estos datos, a los que debe agregarse el creciente gasto militar chino, proyectan China como un poder competitivo a largo plazo a Estados Unidos. Ambos gigantes tienen, sin embargo, una relación de dependencia. Estados Unidos se ha vuelto adicto al crédito chino, y China se ha vuelto adicta al consumo americano. De hecho, setenta por ciento de las reservas chinas están en valores líquidos del Tesoro norteamericano. En un importante libro que acaba de salir, Stefan Halper dice que esa relación es una versión económica de una relación militar de "destrucción mutuamente asegurada".
El título del libro de Halper es The Beijing Consensus ("El Consenso de Pekín"). Está basado en una planificación de largo plazo y en propiedad estatal. No le da lecciones de derechos humanos a nadie. Busca comercio pero no exige democracia. Ofrece un intercambio a sus habitantes: mejora del nivel de vida a cambio del monopartido. Es lo contrario del fallido intento de Gorbachov: suficiente perestroika, pero ninguna glasnost. No es de extrañar que este eventual nuevo consenso atraiga a tantos autócratas del mundo.
Es por supuesto sólo una parte de la historia. La otra, más optimista, es que, a largo plazo, el crecimiento económico, la expansión del consumo, la emergencia de grandes clases medias, presiona por la legalidad, como sucedió en Corea del Sur y en el sudeste asiático.
Sólo que el largo plazo en China es de verdad largo. Nunca se ha sabido bien si fue Mao o Zhou Enlai quien contestó, cuando les preguntaban sobre el significado de la Revolución Francesa: "un poco temprano para decirlo".
Por ahora China va extraordinariamente bien. Acaba de entronizar a Xi Jinping, el sucesor de Hu Jintao, sin que nadie sepa de verdad qué piensa ni quién es (salvo que es hijo de un antiguo colaborador de Deng Xiaoping).
¿Se puede pasar de ser la gran factoría del mundo a una avanzada economía del conocimiento, sin libertades? ¿Se pueden desarrollar los países sobre materias primas, sin educación ni tecnología? Este es también el dilema peruano.
Hace décadas, Haya de la Torre acuñó un grito de batalla por la autonomía de América Latina: ni con Washington ni con Moscú. ¿Desde cuándo tendremos que agregar: tampoco con Pekín?

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