viernes, 1 de julio de 2011

BLACKTHORN de Mateo Gil, UN WESTERN COMO LOS DE ANTES (Por Carlos Boyero)


Si no existieran los títulos de crédito en Blackthorn o desconociera la nacionalidad de sus creadores, podría jurar sin margen de equivocación que esta película desprende el inconfundible aroma del mejor cine norteamericano, una temática, unos sentimientos, unos personajes y una forma de narrar con el sello de una tradición gloriosa, esa narrativa en la que todo resulta apasionante y veraz, sugerente e intenso, complejo y magnético. Adopta la estética y la geografía del western, un universo peligroso o probable carne de impostura cuando los que se acercan a él no están familiarizados con el ambiente y las claves de un género irrenunciablemente norteamericano. Hablo del western serio, no de aquellas populares y ralentizadas estupideces que se rodaban en Almería y conocidas como spaghetti-western. Aunque tampoco es necesario que el paisaje del western tenga que desarrollarse para ser creíble en Texas, Nuevo México, Arizona, Kansas y el Monument Valley. Basta con que contenga su genuino espíritu, sus reconocibles estética y ética.
Por ejemplo: Blackthorn se desarrolla en Bolivia a finales de los años veinte. Ni el escenario ni la época corresponden a la idea que poseemos del western, pero todo lo que vemos, oímos e intuimos lleva las características y la iconografía de los espacios abiertos, de jinetes en la tormenta o en la placidez, de la violencia vocacional o inevitable, de gente curtida y cansada intentando sobrevivir, de amaneceres y crepúsculos, de persecuciones a través de montañas y desiertos de sal, de despedidas provisionales o definitivas, de saloons en los que se bebe hasta el desmayo absenta local en vez de whisky y en los que puede estallar la violencia en cualquier momento, de soledades alrededor de una hoguera nocturna en las que sobriamente aparece la melancólica o dolorosa evocación del pasado, de villanos aparentes y villanos reales, de seres al margen de la ley que mantienen códigos intransferibles por los que deben pagar un precio muy alto.

Esta historia que retrata sin aspavientos ni énfasis ni impostura el ocaso, pero también el recuerdo de épocas vitalistas y plenas cuando se presiente la llegada de la definitiva oscuridad, ha sido escrita por Miguel Barros, un guionista español al que desconocía, pero en cuya personalidad cinéfila descubres que ha mamado con inteligencia, lucidez y admiración del mundo de Sam Peckinpah, de ese artista bronco y lírico que habló mejor que nadie de la violencia y del crepúsculo, de seres duros, llenos de cicatrices externas e internas, sin futuro, que no se llevan bien con los nuevos tiempos, expertos en supervivencia que pueden desatar el infierno y abrasarse en él en nombre de una moral y unos principios que no se rigen por lo establecido. Y la dirige Mateo Gil, ese enigmático señor cuyo mayor crédito artístico era el de ser coguionista en casi todas las películas de Alejandro Amenábar, de haber colaborado con sus ideas y con su escritura en un cine ajeno y de permanente éxito comercial y crítico. También había dirigido una intriga con vocación de negrura, ambientada en la Semana Santa y con el existencialista título de Nadie cococe a nadie, película que vi y escuché con cierto interés pero de la que me cuesta un notable trabajo recordar algo.
Sospecho que me va ocurrir todo lo contrario con la hermosa Blackthorn, centrada en la vejez y en la clandestinidad de un hombre que decidió 20 años antes que viviría sin excesivos sobresaltos el resto de su accidentada vida si sus eternos perseguidores se convencían de que había muerto. Era el legendario atracador Butch Cassidy, perseguido junto a su colega Sundance Kid hasta el fin del mundo por la implacable profesionalidad de la Agencia Pinkerton, tantas veces ridiculizada por ellos. Les acompañaba una mujer decidida y enamorada de ambos que un día se largó porque esperaba un hijo y tampoco quería ser testigo de su muerte. Ha llegado el invierno para Butch Cassidy. Aunque esté a gusto con su anonimato y su soledad, los recuerdos cada vez pesan más. Es la hora de partir. Se lo va a impedir alguien que no es lo que parece, circunstancias al límite en las que tendrá que tomar partido. Con su conciencia, con su irrenunciable sentido de la justicia, del bien y del mal, de la autenticidad y la impostura, de la lealtad y la traición
Mateo Gil maneja extraordinariamente todos los elementos de su película. Lo que cuenta y la forma de hacerlo posee cuerpo y alma. El campo hipnótico, la sutileza, la personalidad, la sabiduría y la presencia de ese señor llamado Sam Shepard impresionan. No respondo del doblaje. Y Noriega aguanta bien el tipo haciendo de sparring en reto tan desigual. Blackthorn es la mejor sorpresa que me ha dado en mucho tiempo el cine español. O el cine a secas.

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