martes, 20 de diciembre de 2011

EL PUÑO INVISIBLE, escribe MARIO VARGAS LLOSA para los Diarios EL PAÍS (España) y LA REPÚBLICA (Perú)


 http://www.larepublica.pe/columnistas/piedra-de-toque/el-puno-invisible-18-12-2011

No creo que nadie haya trazado un fresco tan completo, animado y lúcido sobre todas las vanguardias artísticas del siglo XX como lo ha hecho Carlos Granés (*)  en el libro que acaba de aparecer: El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales (Taurus).  Lo he leído con la felicidad y la excitación con que leo las mejores novelas.
La ambición que alienta su ensayo es desmedida, pues equivale a la de querer encerrar un océano en una pecera, o a todas las fieras del África en un corral.  Y no sólo ha conseguido este milagro; además, se las ha arreglado para poner un poco de orden en ese caos de hechos, obras y personas y, luego de un agudo análisis de las ideas, desplantes, manifiestos, provocaciones y obras más representativas de ese protoplasmático quehacer que va del futurismo a la posmodernidad, pasando por el dadaísmo, el surrealismo, el letrismo, el situacionismo, y demás ismos, grupos, grupúsculos y sectas que en Europa y Estados Unidos representaron la vanguardia, sacar conclusiones significativas sobre la evolución de la cultura y el arte de Occidente en este vasto período histórico.
El mérito mayor de su estudio no es cuantitativo sino de cualidad.  Pese a su riquísima información, no es erudito ni académico y no está estorbado de notas pretenciosas.  Su sólida argumentación se alivia con un estilo claro y  vivaces biografías y anécdotas sobre los personajes centrales y las comparsas que, pintando, esculpiendo, escribiendo, componiendo, o, simplemente imprecando, se propusieron hacer tabla rasa del pasado, abolir la tradición, y fundar desde cero un nuevo mundo radicalmente distinto de aquél que encontraron al nacer.  Eran muy distintos entre sí pero todos decían odiar a la burguesía, a la academia, a la política y a los usos reinantes.  Todos hablaban de revolución aunque la palabra tuviera significados distintos según las bocas que la pronunciaran.  Querían liberar el amor, cambiar la vida, dar derecho de ciudad a los deseos, traer la justicia a la tierra, eternizar la niñez, el goce y los sueños, y eran tan puros que creían que los instrumentos adecuados para conseguirlo eran la poesía, los pinceles, el teatro, la diatriba, el panfleto y la farsa.
Había entre ellos verdaderos pensadores, poetas y artistas de gran valía, como un André Breton o un George Grosz, y abundaban los agitadores y bufones, pero todos, hasta los más insignificantes entre ellos, dejaron alguna huella en un proceso en el que, como muestra admirablemente el libro de Carlos Granés, la literatura, las artes y la cultura en general fueron cambiando de naturaleza, reemplazando el fondo por las puras formas, y trivializándose cada vez más, en tanto que, en el curso de los años, pese a sus insolencias y audacias, el establecimiento iba domesticando a unos y a otros y reabsorbiendo toda esa agitación contestataria hasta corromper literalmente –mediante la opulencia y la  fama– a los antiguos anarquistas y revolucionarios.  Algunos se suicidaron, otros desaparecieron sin pena ni gloria, pero los más astutos se hicieron ricos y célebres, y alguno de ellos terminó invitado a tomar el té a la Casa Blanca o ennoblecido por la reina Isabel.  Andy Warhol recibió un balazo en el estómago por el delito de ser hombre (según explicó su victimaria, Valerie Solanas), pero, en vez de quince minutos, su gloria duró decenios y todavía no se  extingue.
Pese a lo amenas y pintorescas que suelen ser las páginas de El puño invisible cuando relatan las matonerías de Marinetti, las extravagancias de Tzara, las audacias de Duchamp, el cerebralismo de John Cage y sus conciertos silenciosos, las locuras de Isidore Isou, el frenético exhibicionismo de un Allen Ginsberg, o el salto del taller de pintura al terrorismo de algunos vanguardistas italianos, alemanes y norteamericanos, el libro de Granés es profundamente trágico.  Porque, con todo el respeto y la simpatía con que él investiga y se esfuerza por mostrar lo mejor que hay en aquellas vanguardias, no puede evitar que su ensayo sea la constatación de un enorme desperdicio, de un absoluto fracaso.  Un verdadero parto de los montes del que sólo salieron ratoncillos.
¿Qué quedó de tanta alharaca y desvarío?  En cuanto a obras concretas, casi nada.  Lo menos
perecedero que en pintura, poesía, música e ideas se produjo en Occidente en esos años no formó parte o, si lo hizo, se apartó pronto de la “vanguardia” y tomó otro rumbo: el de Mahler, Joyce, Kafka, Picasso o Proust.  Aquélla acabó por convertirse en un ruidoso simulacro que, a menudo, galeristas, publicistas y especuladores del establecimiento trastocaron en pingüe negocio.  O, todavía peor, en una payasada ridícula.  Una vez más quedó claro que el arte y la literatura progresan con realizaciones concretas –obras maestras– más que con manifiestos y bravatas, y que la disciplina, el trabajo, la reelaboración inteligente de la tradición, son más fértiles que el fuego de artificio o el espectáculo-provocación.
Una de las últimas escenas que describe El puño invisible es una exposición muy peculiar de Yves Klein, quien, por ese entonces, propugnaba la teoría de la “desmaterialización del objeto”.  Fiel a su tesis, el artista presentaba una galería vacía, sin cuadros ni muebles.  El visitante recibía al ingresar un cóctel azul “que lo mantenía orinando del mismo color durante varios días”.  ¿Y la obra exhibida?  “No existía: o sí, la llevaba el visitante en la vejiga”, explica Granés.  Por esos mismos días, Piero Manzoni convertía en arte todos los cuerpos humanos que se cruzaban en su camino, con el dispositivo mágico de estamparles su firma en el brazo.  Otros, comían excrementos, adornaban calaveras con brillantes, o, como el celebrado Michael Creed, ganador del Turner Prize, prendían y apagaban la luz de una sala, proeza que la Tate Britain celebró explicando que, a través de este paso de la oscuridad a la claridad, el artista “exponía las reglas y convenciones que suelen pasar desapercibidas”.  (Y es seguro que se lo creía).
Después de muchas páginas dedicadas a rastrear una de las más perversas derivas de la cultura posmoderna, es decir, la dictadura de la teoría que en nuestro tiempo pasó de justificar a reemplazar a la obra de arte, Carlos Granés afirma, con toda razón: “No se puede premiar sistemáticamente la estupidez y esperar que esto no traiga consecuencias sociales y culturales”.  Esta frase resume de manera prístina la absorbente historia que cuenta su libro: cómo una voluntad de ruptura y negación que movilizó a tantos espíritus generosos desde los comienzos del siglo XX y que conmovió hasta las raíces las actividades artísticas y literarias del mundo occidental, fue insensiblemente deshaciéndose de todo lo que había en ella de creativo y tornándose puro gesto y embeleco, es decir, un espectáculo que divertía a aquellos que pretendía agredir, arrastrando por lo demás, en esta caída en el infierno de la nadería, a los cánones, patrones y tablas de valores que habían regulado antes la vida cultural.  Acabaron con ellos pero nada los reemplazó y desde entonces vivimos, en este orden de cosas, en la más absoluta confusión.
Por eso, sólo al terminar este magnífico libro descubren los lectores la razón de ser de su bello título: aunque en cien años de vanguardia no construyera muchas cosas inmarcesibles en el dominio del espíritu, el poder destructivo de ese “puño invisible” sí fue cataclísmico.  Ahí están, como prueba, los escombros que nos rodean.

Lima, diciembre de 2011


(*) Carlos Granés Maya.- Ganador del III Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco, fallado  en la ciudad de Guadalajara (México), en octubre de 2011,con su obra El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales.
El jurado del premio, presidido por Fernando Savater e integrado por Héctor Abad Faciolince, José Balza, Rafael Rojas, Margarita Valencia y Gonzalo Celorio, en calidad de secretario permanente, otorgó el galardón a Granés por “la importancia del tema que aborda y de la tesis que sustenta, por la amplitud y la profundidad de la documentación que subyace en la obra y la creatividad con que la maneja, por la calidad de su escritura —rica, amena, apasionante”. Asimismo, el jurado destacó que la obra “hace un recuento narrativo de las vanguardias occidentales del siglo XX, desde el futurismo hasta la postmodernidad. Con agilidad cinematográfica, Granés Maya le presenta al lector, escena tras escena, los principales episodios, muchos de ellos verdaderos escándalos, que ha vivido el arte moderno a lo largo de su historia”.
Carlos Granés Maya (Bogotá, 1975) estudió Psicología en la Universidad Javeriana de Bogotá y luego se doctoró en Antropología Social por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es asistente de Dirección de la Cátedra Vargas Llosa, una iniciativa de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que pretende promover la literatura, las ideas y la cultura en América Latina y España.
Granés Maya es autor de numerosos ensayos, entre los que destaca La revancha de la imaginación. Antropología de los procesos de creación: Mario Vargas Llosa y José Alejandro Restrepo, un libro que compara los procesos de creación de un escritor y un video-artista. En 2009 seleccionó y prologó los artículos de Mario Vargas Llosa reunidos en el volumen Sables y utopías. Visiones de América Latina, publicado por Aguilar y compuesto por más de cincuenta ensayos, sobre política y cultura latinoamericana, que mostraban la evolución ideológica de Vargas Llosa. Otros ensayos suyos han aparecido en Antropología: Horizontes estéticos, publicado por Anthropos en 2010, y en la recopilación Pensar la realidad (2011), que reúne los mejores ensayos publicados en la revista Letras Libres.
El Premio Isabel Polanco, dotado con cien mil dólares y una escultura del artista canario Martín Chirino, quiere reconocer y destacar la importancia del ensayo como género de reflexión y conocimiento. La última edición del Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco, recibió 146 manuscritos inéditos provenientes de Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, España, Estados Unidos, México, Puerto Rico y Venezuela. La ceremonia de entrega se celebró en el mes de noviembre en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde fue presentada la obra de Granés, editada por Taurus, con una distribución global en América Latina, España y Estados Unidos prevista para el mes de diciembre.
La Feria del Libro de Guadalajara, en colaboración con la Fundación Santillana, instituyó, en junio de 2008, el Premio de Ensayo Isabel Polanco en honor de quien fuera consejera delegada de Grupo Santillana y se distinguió por su vinculación con Iberoamérica y por el enorme impulso que dio a la actividad editorial del Grupo. En la última edición del premio resultó ganador el académico Humberto López Morales (Cuba, 1936) por su obra La andadura del español por el mundo.

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