sábado, 23 de junio de 2012

HA MUERTO CARLOS FUENTES por Arturo Fontaine (www.letraslibres.com)


“... Cuando Frida Kahlo entró a su palco en el teatro, todas las distracciones musicales, arquitectónicas y pictóricas quedaron abolidas. El rumor, estruendo y ritmo de las joyas portadas por Frida ahogaron los de la orquesta, pero algo más que el mero sonido nos obligó a todos a mirar hacia arriba...” Fuentes, que está ahí, ve en ella llegando a su palco del Palacio de Bellas Artes a oír Parsifal algo más, quizás una diosa azteca: “... quizás Coatlicue, la madre envuelta en faldas de serpientes, exhibiendo su propio cuerpo lacerado y sus manos ensangrentadas como otras mujeres exhiben sus broches...”

Así pensaba Carlos Fuentes. Pensaba con la imaginación, donde confluyen las razones de la inteligencia y las del corazón. Y le coeur a ses raisons que la raison ne connaît point. Le interesaba lo vivo. Y en el presente descubría vivo un pasado que nos moldea aunque no lo sepamos, y que vuelve. Lo histórico emerge no solo cuando el asunto lo hace evidente, como en La muerte de Artemio Cruz y Terra Nostra, sino en casi todos sus libros, desde La región más transparente hasta los inquietantes relatos de Carolina Grau. A veces lo hizo de manera irónica, como en La voluntad y la fortuna: “Una revisión espectral, lúdica, de la idea de una novela que compite con la historia”, dijo Michael Wood en The New York Times Book Review (4 de febrero de 2011).

No es que haya sido simplemente un poco historiador, y por eso escribió, por ejemplo, El espejo enterrado: como novelista hallaba lo histórico y lo mítico oculto en las capas geológicas más profundas de nuestra psiquis. Fue un desenterrador de esos espejos. Su ensayo sobre Kahlo se cierra con esta inolvidable cita: “A todos les estoy escribiendo con mis ojos.” Tenía ojo de joyero para dar con la línea reveladora. Era un lector voraz y arriesgado.

Mientras Fuentes lee un libro, está releyendo a la vez otros que vistos a través del que tiene en las manos cobran nuevos matices y dimensiones. Una novela nueva cambia las anteriores con las que entra en contacto. Nos cambia como lectores y por tanto cambia nuestra lectura. Es la historia de Pierre Menard. Después del Quijote no se puede leer como antes el Amadís de Gaula. Después de La cabeza de la hidra no se puede leer igual una novela policiaca. Es lo que escribió Anthony Burgess en su comentario del New York Times (enero de 1979): “quizás la verdadera distinción de la novela resida en haber descartado para siempre las posibilidades del thriller de espías como una forma seria”.

En las novelas de Fuentes encuentro, en primer lugar, una energía desbordante. Ya en La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, pero también en La frontera de cristal y La voluntad y la fortuna. Predominan protagonistas tipo Sorel en oposición a los pasivos, tipo Meursault, tan en boga en la juventud de antes (y de ahora, quizás). Esto me llamó la atención cuando lo leí por primera vez, en el colegio. Y todavía. El título La voluntad y la fortuna es representativo: hace pensar en Maquiavelo que valora la voluntad del príncipe, pero advierte que la mitad de sus logros depende de la diosa de la fortuna.

Quizás Artemio Cruz sea su personaje paradigmático. La trama de La muerte de Artemio Cruz está férreamente unida por su agonía, desde donde se van articulando momentos escogidos y cruciales de su vida. A su vez, esos episodios configuran tramas breves. Por ejemplo, Artemio Cruz y un indio yaqui que está herido son hechos prisioneros por el coronel Zagal, que va al mando de una columna de combatientes de Pancho Villa. Van en hilera, a caballo. El indio yaqui se las arregla para decirle a Artemio Cruz que pasarán por el tajo de una mina abandonada y que si logra escapar por esos chiflones no lo encontrarán jamás. Artemio Cruz decide arriesgarse para conseguir su libertad. Se tira del caballo y se pierde entre los vericuetos oscuros y húmedos de la mina. Oye unos tiros, luego gritos, luego la carcajada del coronel Zagal y un chiflido. Después, nada. Cuando Cruz regresa a la entrada, la han tapiado con piedras pesadas. Lo han dejado encerrado ahí adentro. El lector sigue los momentos que se suceden con terror. ¿Por qué nos ocurre esto si sabemos que Artemio Cruz sobrevivió y llegó a viejo y recién ahora, décadas después, agoniza y recuerda? Por cierto, Artemio Cruz logrará encontrar una galería estrecha y se arrastrará hasta dar con algo de luz y aire. Justo cuando el lector respira aliviado de poder salir con su héroe de ese encierro, la situación gira ciento ochenta grados: quienes acampan allí y guitarrean son los mismos soldados villistas que lo llevaban prisionero.

Uno sucumbe al encanto de ese relato en estado puro. A la vez, se nos revela quién es Artemio Cruz, qué formidables adversidades es capaz de vencer su voluntad, y qué frágil es su victoria. El personaje y la trama, cuando están bien construidos, son dos caras de la misma moneda. Hegel sostiene que el personaje moderno encarna “la energía y la perseverancia de la voluntad y de la pasión”. ¿Artemio Cruz?

Las novelas de Fuentes son polifónicas, son estructuras corales, abiertas. Hay sincretismo y hay barroco. Le gustaba concebirlas como un ágora, en oposición a los relatos cerrados, que tienen un solo foco y avanzan hacia su clímax sin desviarse y con determinación inexorable. Se construyen a partir de la brecha que existe entre el impulso subjetivo del protagonista y el mundo tal cual es. Para Hegel las novelas deben tener un desenlace en el que “la prosa sucede a la poesía, lo real a lo irreal”.

Pienso en lo que Aura es para Felipe:

Al fin, podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma, vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido o podrás conocer. Sin embargo, no te engañas: esos ojos fluyen, se transforman, como si te ofrecieran un paisaje que solo tú puedes adivinar y desear.

En ese instante la vida de Felipe cambia y se pone en marcha la historia. Avanzamos, como una cascada, hacia un desenlace de belleza alarmante e inexplicable.

Pienso en “El amante del teatro”, cuento de Inquieta compañía: “Todo cambió cuando apareció ella”, cuenta O’Shea. Así surgen las expectativas. Está en el edificio de enfrente, es decir, separada por un abismo. Al principio fue solo una luz detrás de las cortinas antes oscuras. Ese departamento llevaba años vacío. Ahora ella va y viene. Y, claro, no lo ve (¿no lo verá?). Eso lo hace libre. Puede investigar sus horarios y rutinas. Un día la ve abrir las cortinas. “Me bastó bajar la mirada hacia sus senos prácticamente visibles debido a lo pronunciado del escote, para descubrir en ellos una ternura que no me atreví a calificar.” El espectador, enamorado, quiere seguirla segundo a segundo. Acomoda su vida a la de ella. Parece hacerle gestos. No se atreve a tocar su timbre. O’Shea va a ver un Hamlet. Y ahí está ella, en la escena. No hay duda. Es Ofelia. Y ella lo mira y lo ve. Cuando la dulce Ofelia, sumergida en la corriente del río, se abandona a la muerte, le lanza una flor. Ha cruzado el abismo que separa la ficción de la vida. Los acontecimientos se precipitan, entonces, de manera trágica y desconcertante. El cuento se bifurca en dos versiones distintas, se abre como un campo de posibilidades. Fuentes invita al lector a escoger el final, a crear con él.

Esa distancia entre deseo y realidad, ese choque y esa transformación es lo que Fuentes no se cansó jamás de explorar como escritor.

Fuentes era un animal omnívoro: la literatura, pero también el cine, la pintura pero también la historia, y el teatro y la música y la filosofía y la política y la arquitectura y la fotografía.

Fue su voz suave la que reconocí en el teléfono el viernes 4 de mayo pasado. Mi memoria retrocedió a esa sala de Columbia University, donde Fuentes daba su clase y yo era uno de sus muchos alumnos. Lo seguíamos absortos, aunque nos distraía, a veces, la serena belleza de Silvia, su mujer. Leímos elQuijote, Tristram Shandy, Rojo y negro, Madame Bovary, Un corazón simple y el Ulises de Joyce. Yo era un joven estudiante que intentaba ser escritor y había sido amedrentado por el nouveau roman de Robbe-Grillet y la revista Tel Quel. Encontrarse con ese curso de Fuentes fue para mí sentir que resucitaba el viejo oficio de contar.

Nació allí una amistad con él y con Silvia, periodista culta y sensible y cinéfila. A veces pasaba mucho tiempo sin contacto alguno. Pero volverse a ver era siempre reanudar la conversación como si no hubiese sido interrumpida. Me dijo que estaba en la feria de Buenos Aires y que acababa de cambiar el vuelo, que quería visitar a sus amigos chilenos. Y así fue como se encontró con los escritores Carlos Franz, Antonio Skármeta y Sergio Missana, el filósofo Martín Hopenhayn y el expresidente Ricardo Lagos. No resultó la cita con el filósofo Roberto Torretti, pero hablaron largo por teléfono.

A Torretti, como a José Donoso, los conoció en The Grange, su colegio mientras vivió en Chile. Una gestión suya permitiría, mucho más tarde, que Donoso se publicara en inglés. Comiéndose unas machas el lunes, al almuerzo, me habló de Mrs. Balfour, la profesora que lo introdujo a la literatura inglesa. Ese cruce en su adolescencia de las literaturas inglesa y castellana fue determinante para su vocación, me dijo. También la experiencia de las luchas políticas en la democracia chilena. Desde entonces se ubicó a la izquierda. Años después, Fidel Castro lo ilusionaría y desilusionaría. Llamó a Chávez “un Mussolini latinoamericano”. Era un socialdemócrata al estilo de Felipe González o Ricardo Lagos. Hablamos del cine mexicano actual, de los guiones de Guillermo Arriaga y de Tolstói, de Kundera, de Rulfo, de Quevedo, de Santiago Gamboa, de Hollande, de cómo ordenar los libros en la biblioteca, de Veracruz... Estaba lúcido y vibrante como siempre. Se embarcó el martes 8 a la ciudad de México. Fue su despedida.

Fuentes fue grande en sus defectos y grande en sus virtudes. Tenía un espíritu inquieto, inteligente, voluntarioso y alerta a los demás. Era un hombre atrayente. Según Donoso, muchas mujeres interesantes sucumbían a su encanto. Doy fe de su inmensa generosidad en la amistad.

No sé bien qué encarne Artemio Cruz como personaje, pero intuyo que su fondo es la vida real. No quisiera simplificarlo. Pero hay una frase que escribió Terencio en su viejo latín y que dice más o menos así: “Soy hombre y nada humano me es ajeno.” Creo que eso puede decirse de Artemio Cruz. Creo que también de su creador, Carlos Fuentes. ~


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